dimarts, 10 de març del 2009
Capítulo 2: La Pareja
dimarts, 24 de febrer del 2009

CENICIENTA: SUS ZAPATOS Y SU PRÍNCIPE ZURDO
Rebajas. Táctica de batalla: "Peinando la zona"... Recorridas todas las franquicias de Orange, Farrutx, Diesel, Mustang y otras muchas tiendas de zapatos. Objetivo cumplido.
Modelos examinados, comparados, contrastados, evaluados y finalmente elegidos. Conseguido. Dos nuevos pares de zapatos para mi colección (los sumaré a mi lista recordatoria de modelos). A esto le añado un "¡Qué zapatos más originales llevas siempre!" con el que algunos de mis amigos me apremian, y caigo en la cuenta: ¡He descubierto uno de mis grandes fetiches...!
¿El otro? Los zurdos. Puestos ya a hacer confesiones, debo admitir que siento una inevitable atracción hacia los zurdos. Obviando el hecho que su parte derecha controle su motricidad, anulando mi capacidad de análisis y capacidad crítica, en cuanto los veo escribir no puedo resistir hacerme la pregunta recurrente de siempre: ¿como lo hacen para escribir con esa mano, yo no puedo ni acertar a mi propia nariz?
En pleno proceso de autoconocimiento y recuento de mis propios fetiches producido en un día de rebajas en pleno Portan de l'Àngel me pregunto: ¿En el pleno de las relaciones interpersonales, quizá los fetiches son como pequeñas pistas que nos definen las cualidades concretas en las que debe basarse nuestra búsqueda?
¿Quizá estas pequeñas fijaciones no dejen de ser un modo de acotar el campo de investigación y nos facilitan la ardua tarea de encontrar a nuestros semejantes entre la multitud en un mundo caracterizado por las múltiples opciones?
Perdidos en la abundancia, parece que nuestras pequeñas obsesiones se convierten en una especie de distintivos -parecidos a las etiquetas de control de calidad que nos ayudan a distinguir a nuestro príncipe azul de entre los mil sapos.
A través de nuestras obsesiones fijamos un objetivo, un modelo de príncipe azul que reúne todos esos detalles. Todos esos detalles que de poseerlos todos una misma persona, la haría perfecta.
Como niños pequeños, nuestra búsqueda del amor se convierte en una falsificación de la enorme y apasionante gincana de fin de curso, pero con ración extra de hormonas.
Se trata de un juego de pruebas, de pistas que nos llevan al destino, a conseguir el premio. La persona que más fetiches u objetos mágicos dignos de nuestra veneración consiga reunir, más se acercará a ser el príncipe azul, con quién bailemos el "It had to be you" que cierra la noche de discoteca.
Una vez aceptado esto, ¿qué o quién decide cuáles son nuestros fetiches? ¿Quién elige qué características serán las que definirán a su príncipe azul? Como en el caso de los fetiches corrientes, ¿se trata de una asociación de recuerdos agradables a un objeto o característica durante nuestra infancia o es una simple elección nuestra para reafirmar nuestra identidad?
¿Acaso cuando somos pequeños escribimos una carta con todas las cualidades de nuestro amante perfecto, la rompemos y nos pasamos toda nuestra vida buscando los pedacitos de carta con las cualidades elegidas entre la gente con la que nos relacionamos?
O por el contrario ¿son los fetiches una auto imposición, una decisión que tomamos y que por coherencia debemos mantener?
La manos, los cuellos altos de los jerséis, las deportivas fashion, las voces sensuales, las gafas, los culos, las orejas, los perfumes se convierten entonces en la sagrada nota post-it rosa fluorescente (¿no es el color del amor?) que no sólo nos recuerdan que esa otra persona tiene esa cualidad sino que también nos sirven para definirnos a nosotros mismos: "Hola, soy Eli y tengo debilidad por las voces bonitas, las pecas, los músicos y sobretodo por los zurdos".
El problema de estos fetiches aparentemente inofensivos, es que pasen de ser una pista orientativa o un valor añadido a ser una característica imprescindible de alguien para considerarlo como pareja.
Los fetiches entonces, se convierten en una versión casera e intuitiva del Detector de Mentiras de los ochenta...
Porqué: ¿quien va a negarme que haya hecho una formulación de este tipo?: "si un tío no lleva bambas guais yo paso"...o "yo con las cadenillas con cruz no puedo".
¿Y si no son más que prejuicios y no son pistas de ninguna concepción de la perfección? ¿Quizá estemos descartando demasiado ligeramente a alguien por no llevar bambas modernas, o llevar cadenilla o tener unas manos feas?
Vayamos con cuidado con nuestros miedos infantiles porqué ya se sabe que... No debemos obviar que está esa excepción que teóricamente confirma nuestra regla.
La excepción diestra, musicalmente analfabeta, sin pecas y con voz gritona que aunque no lleva zapatos de príncipe azul, desde aquí, se le parece bastante.
Elisenda Carod
